Los veo cada martes. No todos los Martes, pero sí muchos Martes. Llegan tarde, poco antes de que cerremos, por lo que normalmente no consiguen arrancar mi mejor sonrisa. Una lleva gastando sonrisas todo el día y el Martes no es suficiente tiempo para olvidar el Lunes. Los malditos Lunes me matan, siempre llegan de improvisto y traen mala leche.
Ellos no traen mala leche, vienen a su bola, se sientan en la terraza, aunque haga frio, aunque sea el castigador frio de Febrero quien azote las noches. Ellos se sientan en la terraza, cuentan el dinero antes de pedir y piden unas cervezas. Por la expresión de mi cara deben de adivinar que aqui no se fía. Yo no soy la dueña, pero tomo mis decisiones. El Martes a partir de la nueve, no se fia, y punto.
Siempre hablan, de rollos políticos, en un idioma que se me escapa. Supongo que porque no le presto mucha intención, pero suena bien. A medida que hablan más, me suena a que falta menos para cenar... Estoy segura que ninguno de ellos, en los varios Martes que coincidimos reparó en mí, en si escribo o no, en si pienso o solo veo la Televisión.
En el medio del barullo uno de ellos se me acercó y me sonrió. A poco rato de empezar a hablar salió lo de escribir lo que una piensa. Me ofreció escribir. He de reconocer que en algo se había fijado en mí. Ahora ya tendrán nombre cada uno. Ya no serán "los del Martes a última hora". Les sirvo y siguen hablando de sus cosas, en su idioma. Tendré que fijarme más en los clientes de los Martes.
miércoles, 2 de junio de 2010
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